Hielo perpetuo

Las zonas de permafrost (tierras permanentemente congeladas) ocupan alrededor del 60-70% del territorio ruso. Estos dos tercios concentran gran parte de las reservas naturales verificadas. La exploración de los yacimientos de petróleo y gas genera una amenaza para los ecosistemas locales y es posible que estos riesgos sean mayores que los de la desaparición del hielo perpetuo debido al cambio climático global.
Hielo perpetuo
Foto de AP

Algo que da que hablar

El permafrost no es nada perpetuo y este hecho puede ser fuente de múltiples problemas. Las rocas glaciales no son el mejor cimiento para construir nada, ya sean viviendas, ferrocarriles u oleoductos, pero cuando dentro de las capas heladas se concentra tu patrimonio nacional (según algunas valoraciones, alrededor del 70% de las reservas conocidas de gas en la Federación de Rusia), simplemente no queda otro remedio. Los rusos no son los únicos con este problema: por ejemplo, los habitantes de Alaska se encuentran en las mismas circunstancias.

 

Claro que, aunque los males ajenos sirven de poco consuelo, no dejan de constituir un buen motivo para intercambiar opiniones respecto a sus posibilidades de futuro, como lo formulan los organizadores del congreso internacional de Salejard sobre los "Recursos y riesgos en las regiones con permafrost en el mundo cambiante" que se celebrará en el verano de 2012. Se sabe más o menos cómo es la lista inicial de los recursos que poseen estas regiones: gas, petróleo, hulla, diamantes (gracias a los hielos, que sirven de “cemento”, las paredes de las canteras abiertas apenas se desprenden)...

 

Quedan dos tipos de preguntas: ¿quién y cómo explotará estos recursos? (es muy recomendable que se eviten las catástrofes medioambientales), y ¿qué es lo que ocurre con la congelación perpetua? Como no existe una respuesta unívoca a ninguna de estas preguntas para los 500-600 participantes previstos procedentes de distintas partes del mundo, el evento promete ser apasionante.

 

El clima cambiante

 Entre las hipótesis más difundidas y escalofriantes está la fusión de los hielos perpetuos como consecuencia del cambio climático global. Por ejemplo, este verano Vladisav Bolov, director del Centro “Antistijía” del Ministerio de Situaciones de Emergencia de la Federación de Rusia, compartió con la agencia RIA Nóvosti un pronóstico según el cual en los próximos 30 años la superficie del permafrost en Rusia disminuiría un 10-18%, la temperatura de las tierras congeladas en la península de Yamal aumentará 1,5-2ºC de media, mientras que la frontera de los hielos perpetuos “se desplazará hacia mediados de siglo unos 150-200 km hacia el noreste”.

 

No es el primer pronóstico de esta índole. En el informe difundido por Greenpeace en 2009, se afirmaba que debido al cambio climático acontecido en los últimos 35 años, en las regiones nórdicas de Rusia la frontera del permafrost se había desplazado considerablemente: 30-40 km en la depresión del Pechora, y hasta 80 km en las llanuras de los Preurales. “Los datos obtenidos durante la observación indican que la temperatura del permafrost ha aumentado prácticamente en todo el territorio y en algunas zonas este incremento ha llegado a alcanzar 1-1,5° C a una profundidad de 10-15 metros”, afirmaron los ecologistas. También advirtieron que en caso de una dinámica negativa, los procesos destructivos relacionados con el deshielo podrían propagarse por un territorio enorme, incluida la península de Yamal con sus yacimientos de petróleo y gas condensado.

 

Puede que no sea tan tremendo

 Según otro punto de vista, el clima del planeta está cambiando en realidad, pero no necesariamente por culpa del hombre. Además, no se sabe hasta qué punto esto llega a constituir una amenaza para los hielos perpetuos.

 

“El cambio climático existe. Es decir, ya se ha producido con anterioridad, pero cesó a principios del siglo XXI. Nuestras observaciones de la temperatura de la roca testifican que si antes la temperatura estaba subiendo, durante el último año o par de años sigue estable o ha empezado a bajar en muchas estaciones de control”, afirma Galina Malkova, investigadora senior del Instituto de la Criósfera. Según ella, es imposible pronosticar si las temperaturas van a seguir bajando o si, al contrario, volverán a subir: el control regular de la temperatura de las rocas se sigue tan sólo desde hace 40-50 años, y ese es muy poco tiempo para poder observar cambios regulares.

 

El permafrost tiene la ventaja de que su temperatura no puede cambiar tan rápidamente como la del aire, por eso no es tan fácil derretirlo. “La temperatura de las rocas congeladas desde hace muchos años puede ir desde cero hasta los 10-12 grados bajo cero”, explica Molkova. “La congelación se puede mantener aunque aumente la temperatura, pero siempre dentro del límite de las temperaturas negativas. Sin embargo, cuando la temperatura se acerca a la del deshielo, todos los procesos se ralentizan drásticamente porque mientras se producen los cambios de fase, se absorbe mucho calor”. “El cambio climático, con el calor existente, no es suficiente para derretir el hielo. Por ello, la congelación se mantiene en la gran mayoría de los casos. Ni siquiera podemos decir que hoy en día se esté dando ningún tipo de retroceso de la frontera de los hielos hacia el norte”, concluye la experta.

 

Puede que ni siquiera sea el clima

Sin embargo, el permafrost deja de ser estable cuando sobre él se intenta construir casas o carreteras. Las inclusiones de hielo constituyen del 40 al 90% de las capas de roca congelada y en condiciones naturales, la turba y la vegetación constituyen una especie de capa aislante que protege de las altas temperaturas estivales al hielo que está bajo ellas. Si la capa superior se destruye debido a algún proceso tectónico, nada que no sea una capa aislante que sustituya a la natural puede evitar la fusión.

 

Cualquier error en el proyecto, la construcción o la explotación de edificios e infraestructuras (por ejemplo, un aislamiento defectuoso o una fuga insignificante de aguas residuales) amenaza con tener consecuencias catastróficas. En el informe de Greenpeace mencionado con anterioridad se aducen valoraciones según las cuales “se gastan al año hasta 55 mil millones de rublos (casi mil quinientos millones de dólares) para mantener en funcionamiento los oleoductos y gasoductos y para corregir las deformaciones mecánicas relacionadas con la fusión del permafrost”, el número de situaciones de emergencia en la Siberia Occidental se estima en unos 7 mil al año. También se producen derrumbamientos de viviendas, y no necesariamente estamos hablando de barracones viejos: debido a la fusión del permafrost, un edificio nuevo puede quedar inutilizado por completo en 6-10 años, por no hablar de que pueda mantenerse en pie hasta el final del plazo previsto de explotación.

 

Puede que sea el hombre

 Sin embargo, es posible construir algo sobre estos dudosos cimientos de hielo (y en cierta medida, hasta debajo de los mismos). Incluido el mayor frigorífico natural, el llamado “congelador perpetuo”, que ya ha pasado a la historia, así como nuevas edificaciones: el ferrocarril más septentrional del mundo, el Óbskaia-Bovanenkovo, o el puente más largo por encima de la línea del círculo polar, en funcionamiento desde el año 2009.

 

“El congelador perpetuo” es un pozo abierto en la roca congelada que consta de tres galerías de 100-140 metros de largo (con alrededor de 1 hectárea de superficie total). Fue construido en 1956 y hoy en día constituye más un monumento a la contumacia humana que un producto de la tecnología de vanguardia. En sus más de 50 años de explotación, el congelador no se ha reparado nunca, ya que nunca lo necesitó. Igual que antaño, se sigue utilizando para almacenar corégono (un pescado norteño de agua dulce). El pescado recién capturado se congela en pocas horas sin ningún esfuerzo extra.

 

Por otro lado, el puente de 3,9 km a través del valle anegadizo del río Yuribéi es motivo de gran orgullo para Gazprom y puede servir de ejemplo para cualquier persona interesada en el tema de los “procesos criogénicos e instalaciones de ingeniería”. Como se indica en la página web de esta gigante corporación extractora de gas, “el puente se pudo elevar en un tipo de terreno que, prácticamente, no era apto para la construcción”, es decir, sobre hielos perpetuos a base de incrustaciones de una disolución de sales (cryoPAG) con unas temperaturas de congelación muy bajas, a veces de hasta 30 grados bajo cero. Los pilares hechos con tubos metálicos llenos de hormigón armado se hunden a una profundidad de 20-40 metros y “gracias a la termoestabilización, literalmente forman un solo bloque con el hielo al congelarse”, mientras que “las nuevas tecnologías permiten preservar los hielos perpetuos ante el derretimiento” (por lo visto, se trata de termosifones: tubos metálicos llenos de refrigerante que transmiten el frío hacia la profundidad “recongelando” los hielos).

 

El segundo motivo de orgullo consiste en que el puente esté “colgado” a lo largo de todo el valle anegadizo del río y no sólo encima de su cauce permanente, lo cual permite disminuir el impacto sobre el ecosistema. Sobre todo, porque la aparición de un ferrocarril y la explotación de yacimientos de petróleo y gas ya de por sí han aumentado mucho la carga sobre el medio ambiente de la península: contaminación de los territorios adyacentes, renos que mueren en las vías...

 

Aunque, según los participantes de las expediciones al norte del círculo polar, los de Gazprom intentan controlar el territorio. Parece que en algún sitio está previsto hacer pasos para los renos. Sin embargo, según las quejas de los representantes de la etnia local de los nenets, durante los desplazamientos de los rebaños los animales siguen subiendo al terraplén debido a que no tienen miedo a los trenes, ya que allí hace más viento y por lo tanto hay menos insectos.

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